Nuestros valores… nuestro futuro

Nuestros valores… nuestro futuro

Acerca de cómo algo tan abstracto como los “valores culturales” determinan algo tan concreto como el futuro bienestar de nosotros y nuestros hijos.
Los Valores Culturales son “las creencias compartidas respecto a cómo (proceder para) tener éxito”…

Y sabemos que “éxito” proviene del Latín “EXIT” (salida). O sea que consideramos que somos exitosos cuando sabemos “encontrar la salida”, resolviendo las situaciones problemáticas que la vida nos plantea, sea a nivel individual o colectivo.
Si esto es así, las creencias, nuestros valores culturales, que son estas convicciones extendidas a nuestro grupo de referencia, cumplen un rol preponderante a la hora en que nos toca tomar decisiones (para tratar de lograr el éxito sostenido). Y en la medida en que las compartimos y acordamos con ellas ese grupo de referencia va, naturalmente, convirtiéndose en nuestro grupo de pertenencia.
Aquí enfocaremos el “éxito” como “desarrollo económico”, como progreso material de un colectivo, ya sea una empresa o una sociedad toda.
Nos proponemos explorar la vinculación que hay entre los valores o creencias de ese colectivo y el grado de desarrollo económico que pueda obtener. Trataremos de demostrar que la vinculación es muy estrecha y que, en gran medida, nuestras creencias son predictivas de nuestro grado de desarrollo económico.
Es preciso señalar que nos interesa el desarrollo económico de largo plazo, aquel que cambia el destino de un colectivo humano de modo permanente. Esto significa que no nos interesa observar fenómenos de corto plazo donde, de manera circunstancial, una empresa o un país logran avances efímeros que se pierden al poco tiempo. Siendo así, entonces nos basaremos en el concepto de “Competitividad Económica”, que ha sido definida como: “la habilidad de producir bienes y servicios que superan la prueba de los mercados internacionales, mientras los ciudadanos gozan de un standard de vida que es, a la vez, creciente y sustentable”.(2)
Importa aquí destacar esta idea de proceso, de la competitividad como una búsqueda continua. No como un punto al cual arribar, sino como un rumbo que la sociedad, o la empresa, deberían adoptar de manera permanente y donde existe un juez implacable constituido por los mercados internacionales.
Si encauzamos nuestras energías en este “rumbo competitivo” la recompensa viene dada por ese “standard de vida que es, a la vez, creciente y sustentable”. Aquí surgen dos elementos para señalar: el primero es una mejoría creciente en la creación de riqueza. El segundo es fundamental: la sustentabilidad, la continuidad en el largo plazo de esa riqueza creciente. Esta es la nota característica de la verdadera competitividad: que la obtenemos, con mucho esfuerzo, para que luego se quede, permanezca, rinda frutos por mucho tiempo.
En las próximas páginas, entonces, consideraremos éxito, desarrollo económico y competitividad como sinónimos.

Volvamos ahora al tema de los valores culturales.
Obsérvese que estamos mencionando dos características de estos valores: son “creencias” (pero no estamos aseverando que respondan a determinada racionalidad) y son “compartidas”, por lo tanto están extendidas a un grupo más o menos amplio. Debido a esta última característica, los valores culturales cumplen una función muy importante a la hora de coordinar esfuerzos, de aglutinar las expectativas, la energía e incluso los ideales de un equipo de trabajo, de una empresa o de toda una sociedad.
Pero el hecho de que sean creencias puede entrañar algunos riesgos, ya que su fundamento puede consistir en “conclusiones viejas” que no se han revisado, por ejemplo: si seguimos creyendo que “Argentina es el granero del Mundo”, entonces no es necesario esforzarnos mucho en pos del desarrollo económico por que total “a nadie puede faltarle comida en Argentina” ¡¡¡???. Es verdad, alguna vez Argentina fue una economía poderosa y un país donde casi no había pobres… ¡pero eso fue hace ya mucho tiempo!. Si siguiéramos atados a esa “vieja conclusión”, esto sólo nos traería complacencia y atraso.
En el caso de las empresas, esas “conclusiones viejas” pueden significar que se sigue considerando que un valor vital en la misma es “hacer carrera”. En ese caso nos centraremos principalmente en la estabilidad del recurso humano como medida del éxito cuando, en cambio, estaríamos necesitando un enfoque más flexible, basado en una productividad según la concreción de proyectos, o la capacidad de asumir desafíos nuevos. Tal vez esa “conclusión vieja” nos llevaría a insistir con la elaboración teórica de “planes de carrera” que luego no podrían concretarse, con la consiguiente frustración y desmotivación en nuestros equipos de trabajo.
Volviendo a la vinculación valores/sociedad, también los valores culturales pueden ser modelados a partir, por ejemplo, de los sistemas educativos o de la prédica que surja de los medios de comunicación. Así, por ejemplo, si una sociedad elige como su conductor máximo o principal a un líder autoritario (ya sea en elecciones o aceptando un golpe de estado, militar o civil), será por que mayoritariamente esa sociedad esta convencida de las bondades de esa situación. Luego no debería extrañarnos que ese autoritario prohíje un sistema educativo que propicia el “pensamiento único”, la mentalidad dependiente, el fanatismo, mientras, simultáneamente, persigue a la prensa independiente que informa con responsabilidad y objetividad… y tampoco debería extrañarnos que en una sociedad así surgieran periodistas corruptos, que se ponen al servicio del interés de turno para desinformar y confundir, pero cuando son descubiertos se defienden en nombre de la “libertad de prensa”, que nada tiene que ver con el libertinaje que ellos despliegan.
Nuestras convicciones, nuestros valores, nos llevan a pensar de una determinada manera.
Esta manera de pensar nos hace tomar ciertas decisiones.
Y sobre la base de esas decisiones, actuamos. Nuestros valores son una herramienta principal con la que modelamos nuestro futuro y el de nuestros hijos… pero muchas veces no somos conscientes de ello.
Además, las consecuencias de determinados valores no siempre son tan claras, ni inmediatas. Por ejemplo: los uruguayos dicen “Uruguay es un país pequeño entre dos gigantes”. Es frecuente escucharlos decir “el nuestro es un país pequeño” y esto los lleva, entre otras cosas, a ser, en general, mas austeros que los brasileños y los argentinos. Como consecuencia de esto, a lo largo de las últimas décadas, son un país más previsible y con una renta per cápita y distribución del ingreso mucho mejor que sus gigantes vecinos.
Los valores abarcan muchos aspectos, muy variados. Hay muchas creencias extendidas, ya sea en una sociedad o en un equipo de trabajo.
Un test muy simple que nos permite ilustrar esto es el siguiente: ¿cómo reaccionan los empleados de una empresa cuando un alto ejecutivo o el dueño de la misma llega manejando su flamante coche nuevo, de gran categoría?. Hay dos reacciones básicas posibles: se alegran, por que en ese vehículo ven reflejado el éxito de la empresa y esto les da confianza respecto al futuro y también respecto al trabajo que están haciendo. O… se molestan, por que en ese mismo auto ven reflejada la injusticia de que “seguramente” algún componente del mismo le pertenece a cada uno de ellos, por que hay una “renta injustamente distribuida”, etc., etc.
Sin entrar a considerar cuál grupo de empleados tiene razón, si el primero o el segundo, lo cierto es que los primeros trabajarán con más gusto y más ahínco que antes, luego de ver a su Jefe llegar en su coche nuevo.
Los segundos, en cambio, serán llevados por sus valores (desde sus propios cerebros y de manera casi inconsciente) a trabajar a desgano, resentidos por la situación de injusticia que perciben, sin motivación por volverse más productivos, sin interés por saber si su empresa es más competitiva que el año anterior.
Y en uno y otro caso, los comentarios que se hagan, correrán como reguero de pólvora e incidirán en el ánimo de muchos otros, que ni siquiera vieron llegar al Jefe con su nuevo auto… es que los valores, y los comentarios que ellos suscitan, son muy contagiosos.
Estos comentarios quizás no lleven más que algunos minutos, pero el efecto que causarán puede durar muchos años, para bien o para mal. Recordemos que la clave, para entender profundamente este tema, es pensar en términos de largo plazo: los comentarios que hoy hicieron nuestros muchachos, ¿nos ayudan a ser más competitivos?, ¿contribuyen a que sea más sustentable nuestra competitividad de hoy?.
Obsérvese que estamos afirmando esto independientemente de que estos comentarios puedan ser acertados o no, por que, desde luego, ¡tanto los patrones justos como los explotadores cambian el auto cada tanto!.
Pero ésta no es aquí la cuestión.
Lo que importa es observar la conexión que hay entre un hecho concreto, sencillo (el cambio del auto) y sus derivaciones para el futuro de la empresa. Esa conexión, para bien o para mal, la establecen los valores, las convicciones de ese equipo de trabajadores que estaban en el ingreso de la empresa cuando este hombre arribó con su flamante vehículo.
Cuando pensamos en las consecuencias de la sumatoria de todas estas anécdotas a lo largo y lo ancho de una sociedad, podemos entender mejor la afirmación de Mariano Grondona “Los valores que una nación acepta o descuida pertenecen al campo cultural. Podemos decir, entonces, que el desarrollo económico es un proceso cultural” (op. cit., pag. 92). Y por ende, el desarrollo de las empresas responde a esas expresiones culturales de la sociedad donde están inmersas. Y si no, preguntémonos: ¿las multinacionales tienen el mismo comportamiento en las diferentes sociedades?. ¿Comparten los mismos patrones de éxito en todo el mundo?. Su management ¿es el mismo en todas las latitudes?. ¿Por qué hay tanta bibliografía en boga sobre la multiculturalidad?.
Quizás por que se está revalorizando aquel proverbio romano de sus épocas imperiales “donde fueres haz lo que vieres”.
Cada sociedad tiene su forma de ser, su personalidad, que manifiesta su cultura, que expone sus valores. Y esto incluso puede cambiar por regiones dentro de un mismo país.
Un ejemplo claro es el de la puntualidad en Ecuador: en Ambato son SUPER PUNTUALES, en Quito mas o menos puntuales y en Guayaquil, pues ¡no esperará Ud. que sean puntuales!. O sea, que la importancia que los ecuatorianos le dan a la puntualidad cambia mucho según la región que consideremos. Y esto incide en todo el quehacer de cada región y seguramente tiene impacto en el PBI (piense en la cantidad de horas-hombre desperdiciadas por aquellos que están esperando a los demás).
Otra cuestión que incide para la configuración de los valores culturales es, sin dudas, el medio ambiente donde se desarrolla una sociedad. Hay una anécdota que ilustra claramente esta cuestión: un alto Directivo de una firma japonesa arribó a Córdoba (Argentina) en viaje de negocios. La persona que fue a esperarlo al aeropuerto trabó conversación con él (que hablaba perfecto español) durante el recorrido en auto de unos 50 kms. que hicieron hasta la sede de la empresa anfitriona. En ese trayecto el argentino observó que el japonés miraba con asombro los campos que se desplegaban a uno y otro costado del camino. Entonces le dijo “ha visto Ud. qué llanuras inmensas tenemos y sin embargo ¡qué lástima que seamos tan desorganizados los argentinos!” a lo que el japonés respondió “si los japoneses viviéramos en un país así, tal vez seríamos tan desorganizados como ustedes”… Este breve comentario incluye mucha riqueza, muchos elementos que se pueden analizar pero que, en definitiva, redundan en que: si las circunstancias son más favorables los colectivos humanos pueden ser más indolentes, más confiados en que “la vida es algo que nos sucede”. Si, en cambio, las condiciones son más severas, entonces los seres humanos no tenemos tantas chances de equivocarnos, de dilapidar esfuerzos y recursos y, para ser exitosos, la vida es “algo que vamos a hacer que suceda”… y seremos cuidadosos “para que suceda bien”.

Siguiendo este razonamiento, si hay muchos recursos disponibles, tal vez la sociedad se oriente a proyectos grandiosos (respecto a los cuales el populista de turno se referirá reiteradamente) por que da gusto tener la creencia de que serán posibles, pero esos proyectos luego no se hacen realidad o se demoran eternamente. En cambio, si los recursos no son tantos, los proyectos serán más modestos pero se concretarán. En el largo plazo ¿cuáles valores son más positivos para el desarrollo?. Aquí podemos ver, pues, que, en una sociedad determinada, su cultura incide en su nacionalidad, en su concepto de “patria” puesto que, como señaló José Ortega y Gasset, patria es “un sugestivo proyecto de vida en común” y no sólo la tierra de nuestros padres y nuestra historia. La patria es (debería ser) principalmente futuro. Podemos ver estas relaciones graficadas en el Diagrama 1.
Y entonces podemos apreciar que los valores culturales no son algo que viene “dado”, algo inmodificable que sólo podemos aceptar.
 

 
Muy por el contrario, la cultura es algo que está vivo y que puede ir modificándose. Ya sea que enfoquemos el tema desde la visión de toda una sociedad o desde la “cultura empresarial” propia de una organización en particular, la cultura puede transformarse. El cambio cultural es posible y se verifica mediante el cambio en los valores, estas “creencias compartidas” a las que nos estamos refiriendo.
Claro que ese es un cambio que requiere tiempo para concretarse.
Y también requerirá de determinados “hechos desencadenantes” que obliguen a asumirlo, puesto que generalmente estos cambios culturales son fruto de aprendizajes dolorosos, que están vinculados a pérdida de competitividad (a nivel de las empresas) o a frustraciones colectivas importantes (en el caso de las sociedades). Es decir: los valores culturales se van construyendo a lo largo del tiempo.
Lo que nos toca vivir nos lleva a afianzar esas determinadas convicciones compartidas o (en ciertos casos) a revisarlas y cambiarlas por otras.
De esta manera se cumple lo que ha señalado Grondona: “en el último análisis, el desarrollo o el subdesarrollo no le viene impuesto desde afuera a la sociedad; más bien, es ella misma la que elige el desarrollo o el subdesarrollo.” (op. cit., pag. 93).
Lo apreciamos en la siguiente página, Diagrama 2.
 

 
Vemos aquí que el “modelo mental” predominante en esa sociedad, en determinado momento histórico, estará principalmente condicionado por las creencias que estén más extendidas y tengan vigencia. Este “modelo mental”, que es el conjunto de lógicas a partir de las cuales filtramos la realidad y tomamos decisiones respecto a la misma, puede ir perfeccionándose en la medida en que nuestros fracasos colectivos nos posibiliten modificarlo.
Pero también puede suceder que, frente a ciertos fracasos, colectivamente nos bloqueemos y reforcemos creencias equivocadas. Esto, desde luego, nos llevará a persistir en el error. Lo más grave es que, dado que la relación causa-efecto no se da a veces tan rápidamente, como sociedad podríamos persistir en el error durante décadas.
Por eso es que la búsqueda de competitividad económica puede ser un camino largo y también puede ser un camino sinuoso con marchas y contramarchas. Eso dependerá de cada caso en particular. Ningún proceso de desarrollo es igual a otro.
Y el grado de desarrollo o subdesarrollo de una sociedad tiene incidencia directa en la competitividad de cualquiera de las empresas que en ella se encuentren.
Hay un ejemplo muy claro, que ilustra esta afirmación, y que conocemos de primera mano (aunque no estamos autorizados a revelar los nombres de las empresas). Sucedió a fines de 2001 que una empresa cordobesa de matricería ganó, en concurso abierto a nivel mundial, un contrato para desarrollar todas las matrices de un nuevo vehículo, que sería el lanzamiento mundial de una afamada marca alemana de automóviles premium.
Los resultados del concurso se dieron a conocer en noviembre de 2001 y esta empresa era la clara ganadora por antecedentes y también por cotización.
Hay que señalar que, en aquel momento, todavía regía en Argentina la convertibilidad de un peso = un dólar y esto significaba un menoscabo para la competitividad de cualquier empresa argentina, porque el peso estaba sobrevaluado. Sin embargo la empresa ganó igual y en aquel momento trabajaban tres turnos rotativos los siete días de la semana El contrato se firmaría en los primeros días de 2002.
Pero el 20 de Diciembre de 2001 tuvo lugar, en medio de disturbios permanentes y cortes de ruta por parte de piquetes populares, el golpe de estado cívico que acabó con el gobierno democrático de De La Rúa.
En ese momento la sociedad argentina, mayoritariamente, tenía una serie de convicciones: “la convertibilidad nos resta competitividad”, “De La Rúa es débil”, “el país necesita un liderazgo fuerte”, “es imposible pagar la deuda externa”, etc. Guiados por esos valores los argentinos en general aceptamos como razonable aquel golpe cívico con toda su barbarie de piquetes multiplicados por todo el país, inobservancia reiterada de nuestra Constitución Nacional, convulsión permanente, etc.
A los pocos días los empresarios cordobeses recibieron el anuncio, por parte de la empresa alemana, de que no firmarían el contrato y que habían otorgado el mismo a otra empresa del otro extremo del mundo…
Era abril de 2002 cuando el Director Comercial de la firma cordobesa nos refería que “en este momento trabajamos con un solo turno, de lunes a jueves y con muchos empleados suspendidos”, “el año pasado (2001) facturamos u$s 400.000.000, en lo que va de 2002 hemos facturado u$s 250.000”, “todos nuestros clientes nos dicen que no dudan de nuestra capacidad productiva, pero ninguno quiere correr el riesgo de que un piquete impida el paso de un camión cargado con las matrices cuando se dirige al puerto. Si el embarque no se hiciera a tiempo, las pérdidas que se producirían serían multimillonarias”, “confían en nuestra empresa, pero desconfían de nuestro país”.
En ese momento el dólar rondaba los $ 4 (el peso se había devaluado muchísimo luego de la salida de la convertibilidad y el default argentino). Y el Director Comercial nos decía “se imagina lo que podríamos estar ganando ahora… pero nadie quiere comprarnos”.
Vale la pena recordar que Argentina tenía una historia de cincuenta años de golpes de estado, lo que equivale a decir que, durante mucho tiempo, creímos que necesitábamos un gobierno “fuerte” y no lucía tan importante que fuera “legal”. Pero esto parecía haber quedado atrás cuando la democracia retornó en 1983.
También teníamos una historia de cincuenta años de inflación crónica, que desembocó en los tres golpes de hiperinflación desde el 6 de febrero de 1989 hasta abril de 1991. Y en los años setenta en la Universidad nos enseñaban que “un poco de inflación es motor del crecimiento”…esas convicciones nos llevaron a la necesidad de adoptar un esquema de convertibilidad que, en 1991, estabilizó la economía. Pero luego de una década de estabilidad, lo abandonamos de la noche a la mañana, pese a que ya estaba por ley previsto el mecanismo que nos llevaría a una convertibilidad modificada.
La sociedad argentina pidió y aprobó estos cambios bruscos, dramáticos, inconducentes, guiada por sus valores.
En el caso de la empresa de matricería cordobesa, estos valores le resultaron muy costosos …
Y, en realidad, toda la sociedad los pagó caro.
Podemos observar claramente cómo la sociedad argentina condicionó los resultados en particular de la actividad económica de la matricería cordobesa.
Esta matricería, en condiciones muy exigentes debido a un dólar subvaluado, había logrado ser competitiva y estaba sustentando esa competitividad (trabajaban a tiempo completo, ganaron un concurso a nivel mundial para un cliente con un nivel de exigencia legendario). Sin embargo dejó de ser competitiva por causa de los cambios que sufrió la sociedad de la cual era parte.
Esta sociedad, al mismo tiempo, cambió para conseguir mayor competitividad…
En ese momento pudo apreciarse a distintos grupos de actores sociales, cada uno con sus creencias y su vocabulario específico, dando su versión de la realidad y contribuyendo a la confusión generalizada. Es decir: los actores sociales expresaban sus valores culturales e iban dando forma a la realidad social en ese momento tan especial y tan crítico.
Así pudo escucharse a los economistas, que en muchos casos de convirtieron en “econometristas”, tratando de dirimir si el factor establecido arbitrariamente, por las nuevas autoridades, para la corrección del valor del dólar (u$s 1 = $ 1,40) era correcto o debía ser modificado.
También pudo escucharse a políticos, incluso de la Alianza que fue derrocada, justificando el golpe en nombre de un “salvataje a la democracia de las manos de un gobierno débil” o de una “política económica nefasta”.
También el Congreso en pleno derogó por unanimidad la ley de “intangibilidad de los depósitos”, que pocos meses antes ¡había aprobado por unanimidad!!!
Cabe preguntarse ¿qué creencias tenían respecto a la democracia estos legisladores”?, ¿sus valores eran (son) democráticos?, ¿son sus convicciones favorables al desarrollo económico?,.
Por supuesto que, por esos días, también la sociedad en su conjunto aportó inmadurez y falta de memoria suficientes para recaer en errores lamentables, que significaron que casi no había habido aprendizaje en las décadas de golpes de estado y economía inflacionaria.
Lógicamente, en este desfile de valores equivocados que tuvo lugar en aquellos días de fines de 2001 y comienzos de 2002, no podían faltar aquellos empresarios que, al beneficiarse con la licuación de sus pasivos, salieron a justificar la “pesificación asimétrica” de sus deudas, el atropello a la propiedad privada y el avasallamiento de las instituciones, por que “ahora Argentina recuperará su competitividad”, etc., etc.
Es decir, al interior de Argentina primó la ingenuidad, el facilismo de creer que, por hacer una devaluación brusca, ganaríamos mágicamente competitividad. Esto era un error, pero terminó imponiéndose por que era la convicción de una amplia mayoría. Aquí puede observarse la importancia de los valores.
Tampoco podemos omitir que las mismas calificadoras de riesgo que poco tiempo antes veían muy bien la situación de Argentina (y recomendaban la compra de sus bonos en todo el mundo), en los meses previos al golpe tenían muy buenos argumentos para castigar esos papeles.
Ni podemos olvidarnos de que el FMI había comprometido girar millones de dólares que luego incumplió, contribuyendo a la caída de aquel gobierno democrático.
Pero estos actores externos (calficadoras de riesgo, organismos financieros internacionales, empresas multinacionales, etc.) adoptan una postura u otra, según cuál sea el margen de maniobra que cada sociedad les otorga, tanto con sus valores culturales como con las acciones que esta sociedad lleva adelante, y que vienen derivadas de tales valores.
Partiendo de esta anécdota, de los hechos de 2001 y 2002 en Argentina, y por oposición a ellos, podemos entender mejor los conceptos de Jon Azúa: “Un espacio activo entra en la consideración de agente competitivo cuando se impregne del sentido de Comunidad Natural.
La Comunidad Natural posee (y desarrolla) una cultura propia (también económica), unas determinadas ‘reglas de juego’, unos valores, unos modelos y pautas relacionales, unos comportamientos éticos, una historia que condicionan -a favor o en contra- los resultados de su actividad económica. Es, por tanto, fundamental activar sobre/desde la misma la generación de un contexto competitivo.” (op. cit., pag. 110 – el destacado es nuestro).
Vemos claramente que: la sociedad en primer lugar, luego el gobierno de turno y finalmente la gestión de la empresa son responsables del grado de competitividad de esta última.
Una sociedad evoluciona (o involuciona) a partir de sus creencias.
A partir de ellas se da un gobierno, que fijará reglas de juego para el funcionamiento de las empresas.
En la empresa quienes deciden, sus mandos medios y quienes operan, también están guiados por sus creencias. Valoran algo y descartan otras creencias.
Si se valoran, por ejemplo, la riqueza como prueba de la gracia de Dios, la vida como algo de lo que somos responsables y tenemos que protagonizar, la innovación como motor del desarrollo (no como un sabotaje), la competencia como una ayuda para mejorar, la prolijidad, la puntualidad y el esmero como virtudes, entonces tendremos muchas chances de acercarnos a la competitividad y no permitiremos que ésta nos abandone fácilmente.
Si, en cambio, creemos que en el mundo existen fuerzas irresistibles que moldean la realidad, y entonces la vida es algo que nos sucede. Si fijamos standards éticos muy altos pero luego la hipocresía está muy generalizada, si la noción de justicia que prepondera es la de distribuir todo lo que tenemos hoy y olvidarnos de las generaciones futuras, entonces nos estaremos alejando de la competitividad. Quizás luego volvamos a alcanzarla fugazmente, para permitir que vuelva a escapársenos… por que nuestros valores nos impiden sustentarla, mantenerla en el largo plazo. Como vemos, nuestras creencias nos ayudan a modelar nuestro futuro.
Si nos molesta el disenso, modelaremos una sociedad con menos debate, donde las decisiones del Estado, o del caudillo de turno, sean inapelables.
Si, en cambio, creemos que el verdadero poder reside en las leyes, entonces permitiremos y valoraremos el disenso, alejándonos del absolutismo.
Si somos una sociedad “culposa”, entonces engendraremos jueces “garantistas”, que partirán de la base de que los delincuentes son pobres seres que han sido oprimidos por una sociedad injusta. Ellos los redimirán siendo suaves en sus condenas… Así aumentará la delincuencia… y disminuirá la inversión productiva, por la inseguridad que aquello conlleva para el inversor. Y así nuestros valores nos estarían acercando al subdesarrollo y el atraso . En este caso podría suceder que los pobres se sientan justificados por que “la vida los castigó” y, al mismo tiempo, los ricos se sentirían culpables de la “buena suerte” que tuvieron… y todo esto traería más atraso.
Si somos trabajadores optimistas, convencidos de los beneficios del desarrollo, nos parecerá muy bien que nuestros jefes prosperen, por que significa dos cosas: que hacemos bien nuestro trabajo y que también nosotros seremos prósperos. Aquí los ricos invertirán de muy buen grado la riqueza, por que creen que es su obligación multiplicarla, además de disfrutarla.
Pero todos aquellos que, de una u otra manera, tenemos responsabilidad de conducción en una sociedad, deberíamos recordar la invitación que nos hace Azúa para “activar sobre/desde la Comunidad Natural la generación de un contexto competitivo.”
Esta “Comunidad Natural” puede ser el país o una región, pero nos lleva a comprender que la Competitividad de nuestra Empresa depende, antes que de nuestros esfuerzos de gestión (de los cuales sin dudas también depende), de las creencias, los valores que hayan arraigado en dicha Comunidad.
Las implicancias que tienen nuestros valores en nuestro futuro no deberían ser menospreciadas.
Nos parece oportuno volver, ahora, sobre una idea que planteamos al principio: los valores no siempre responden a la racionalidad.
Una sociedad o una empresa pueden albergar en su seno, de manera extendida entre sus integrantes, creencias positivas que los lleven a progresar de manera consistente. Pero también pueden albergar creencias infundadas, equivocadas, que los lleven al fracaso colectivo e, incluso, recurrente.
Lograr la competitividad cuesta mucho. Y es absurdo buscarla si no estamos dispuesto a cuidarla, a apuntalarla. Para ello tenemos que partir de valores culturales positivos, favorables al desarrollo económico. De lo contrario todos los esfuerzos serán en vano.
Hemos tratado de mostrar, con diversos ejemplos, que todos los miembros de una sociedad o de una determinada organización contribuimos permanente a modelar nuestro futuro partiendo de nuestros valores.
Nuestros valores no son neutrales.
Mostramos que ese futuro dependerá de lo que hacen los políticos, pero también de las decisiones que, dentro de las empresas, tomen los Directores, en especial los Directores de Recursos Humanos.
También vimos que los Líderes Religiosos, los Educadores y los Periodistas contribuyen con sus creencias a dar forma a nuestro futuro.
Por supuesto que tanto los Jueces como los Empresarios y los Sindicalistas, aportan a nuestra Competitividad en base a sus valores.
Y, sin duda, la gente en general, la “opinión pública” hace su contribución, positiva o negativa, a nuestra competitividad.
Pero creemos que, de toda esa pléyade, indudablemente quienes en algún grado nos consideramos “clase dirigente” (política, empresaria, sindicalista, religiosa, etc.) tenemos una responsabilidad mayor al respecto.
La realidad futura dependerá de lo que valoremos y creamos hoy.
Construiremos el futuro, para bien o para mal, en base a nuestras convicciones.
Y el activo más importante (o más contraproducente) para nuestra competitividad lo constituyen las creencias de aquellas personas que conforman la Comunidad en la cual nos insertamos.
¿Qué estamos haciendo, desde nuestro lugar, para contribuir a activar, en nuestra comunidad, valores culturales que nos hagan más competitivos?…
 
BIBLIOGRAFÍA:
AZÚA, Jon, Alianza Coopetitiva para la nueva economía, 1era. ed., Madrid, Ed. McGraw-Hill, 2000, 208 páginas.

GRONDONA, Mariano, Una tipología cultural del desarrollo económico, presentado en: HUNTINGTON, Samuel P. Y HARRISON, Lawrence E., La Cultura es lo que importa – Cómo los valores dan forma al progreso humano, 1era. Ed. Buenos Aires, Editorial Planeta, 2001, 431 páginas.

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *